El infatigable denunciante de corrupción, Javier Marzal, ha escrito un libro con el título de este artículo.
Hay muchos paniaguados del poder, que, nombrados por ese mismo poder, ocupan cargos de supuesta “lucha contra la corrupción”. “Sorprendentemente” no tienen el menor éxito en su lucha, y sin embargo disertan como expertos en simposios y congresos sobre el tema.
Javier Marzal conoce el problema desde la mejor perspectiva: la trinchera de enfrente. Gracias a eso tiene las ideas muy claras de sus puntos débiles y cómo aprovecharlos.
La gravedad del problema de la corrupción no puede dar lugar a dudas. Cuando se reunieron en la ONU los mayores corruptos del planeta, para fingir ante sus masas que querían resolverlo mediante la Convención de las N.U. Contra la Corrupción, el primer párrafo de su preámbulo es suficientemente elocuente:
La corrupción es una plaga insidiosa que tiene un amplio espectro de consecuencias corrosivas para la sociedad. Socava la democracia y el estado de derecho, da pie a violaciones de los derechos humanos, distorsiona los mercados, menoscaba la calidad de vida y permite el florecimiento de la delincuencia organizada, el terrorismo y otras amenazas a la seguridad humana.
Es decir, que los 90.000 € que, según cifras oficiales, nos roba la corrupción cada año a los españoles (165 €/mes a cada uno de nosotros), es sólo la punta del iceberg. La realidad probablemente sea superior al doble de esta cifra, y lo peor es que también nos priva de la libertad y de la salud.
El estabulamiento forzoso de marzo de 2020, los asesinatos en residencias de ancianos por esas fechas y la prohibición de tratamientos eficaces, baratos y seguros para el cáncer, de sobra conocidos, también son efectos de la corrupción.
En su magistral obra “La Rebelión de las Masas” D. José Ortega y Gasset apuntaba las causas y efectos de la supresión de las verdaderas élites intelectuales y morales, en la ecuación de la sociedad. Erróneamente, Ortega supone que esa rebelión surge desde la propia masa, que se vuelve indócil.
La supresión de esas minorías moral y culturalmente superiores se ha hecho desde arriba, por las minorías plutocráticas, cuyos proyectos eran constantemente obstaculizados por aquellas, con sus reparos morales.
La estratagema de la élite plutocrática es genial. Mediante el control de la educación y los medios de “información” se cretiniza y embrutece a la masa, y mediante soborno y coacción, se coloca en los puestos de cierto poder a los personajes más abyectos y ambiciosos de esa masa.
Los vicios ocultos de los seleccionados son la conditio sine qua non para ocupar un puesto en el nuevo escalafón social. Lo que Daniel Estulin dice “tener un cadáver en el armario”.
Cuanto más incompetente sea el candidato, mejor. Eso justificará sus abundantes y sólo aparentes “errores”, que en realidad es la manifestación práctica de los planes de la elite oculta.
Tal cual, lo que ocurrió en la masacre de las riadas de Valencia, y lo que lleva pasando desde que entramos en la funesta Unión Europea, con la Política agraria común, depauperante y genocida.
Esta estratagema ya la anticipaba hace más de 100 años el apócrifo pero milimétricamente certero libro “los Protocolos de los Sabios de Sion”.
Javier Marzal, tras examinar en detalle el problema, llega a lo más importante: la solución.
A esta llama la Contrarrevolución, y el resto, mejor que nos lo cuente él.
Fiat iustitia, ruat caelum.
Hágase justicia, aunque se hunda el cielo.

