martes, febrero 10, 2026
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El Túnel de la Muerte de Usera

El horrible recuerdo del llamado Túnel de la Muerte de Usera sigue vivo, ochenta y ocho años después de aquellos trágicos acontecimientos ocurridos en el otoño de 1937. Cada año, familiares, vecinos y personas sensibilizadas con la memoria de las víctimas se reúnen en un acto solemne para rendir homenaje a quienes perdieron la vida en aquel lugar, convertido en símbolo de una de las páginas más oscuras de la Guerra Civil española. La ceremonia comienza, como es tradición, con la celebración de la Santa Misa en el colegio de la Divina Providencia, regido por las Hermanas Teatinas. En un ambiente de recogimiento y respeto, los asistentes recuerdan a los setenta y siete asesinados de los que se tiene constancia —sesenta y siete identificados y otros cuya identidad se desconoce—, víctimas de un engaño cruel que les llevó a la muerte.

La falsa noticia de una vía segura para pasarse a la zona nacional por túneles

El llamado Túnel de Usera se encuentra en las inmediaciones de lo que en su día fue el frente sur de Madrid. En aquel turbulento año de 1937, cuando la ciudad aún resistía los embates de la guerra, se difundió entre algunos refugiados en embajadas y legaciones extranjeras la falsa noticia de que existía una vía segura para pasarse a la zona nacional a través de túneles y pasadizos que comunicaban Usera con el frente. Las víctimas, creyendo en la promesa de salvación, abandonaron su precario refugio y entregaron dinero, joyas y otros bienes a quienes les aseguraban que gestionarían su paso seguro. Sin embargo, en lugar de encontrar la libertad, cayeron en una trampa mortal: fueron apresados, torturados y asesinados por milicianos, y sus cuerpos arrojados en fosas improvisadas bajo el túnel.

El recuerdo de estos hechos se mantuvo durante décadas como una herida abierta y una advertencia de lo que la guerra y la anarquía son capaces de provocar en el alma humana. Hoy, 88 años más tarde, la conmemoración adquiere un tono más reflexivo y reconciliador. Los asistentes no sólo evocan el dolor de las víctimas, sino que también meditan sobre la necesidad de conservar la memoria histórica desde el respeto, sin rencor, como una lección para las generaciones venideras. Durante la Misa, se mencionan los nombres de los muertos identificados, se encienden velas y se colocan flores en el monumento que recuerda a los asesinados, situado junto al propio túnel, donde aún reposan la mayoría de los cuerpos.

Reliquias que se transmiten como testimonio del sufrimiento vivido

El responso posterior, celebrado por un sacerdote, se desarrolla en un silencio cargado de emoción. Algunos familiares todavía conservan cartas, retratos y objetos personales de las víctimas, reliquias que se transmiten como testimonio del sufrimiento vivido. La memoria oral, las viejas crónicas y las investigaciones posteriores han permitido reconstruir gran parte de lo ocurrido, aunque muchos aspectos permanecen cubiertos por la sombra del tiempo. En la actualidad, historiadores locales y asociaciones de memoria trabajan para mantener vivo el relato, alejándolo del olvido y de la simplificación ideológica.

Después de los actos litúrgicos, los asistentes acostumbran a acercarse al pequeño establecimiento conocido popularmente como “El Chino Franquista”, situado a escasos cien metros del túnel. Allí, en un ambiente más distendido, comparten un refrigerio y evocan anécdotas o recuerdos familiares. Este gesto, aparentemente trivial, tiene un profundo valor simbólico: después del recogimiento y la oración, la conversación cotidiana se convierte en un modo de mantener viva la memoria a través de la palabra, reforzando el vínculo humano que une a quienes cada año acuden a recordar.

El Túnel de la Muerte de Usera, más allá de su trágica historia, representa hoy una advertencia sobre los extremos a los que puede llevar la violencia política y la deshumanización. En el paisaje urbano actual de Madrid, el lugar pasa casi inadvertido para muchos transeúntes, pero para los que conocen su historia sigue siendo un sitio de respeto y de reflexión. Los testimonios recopilados, los informes de posguerra y los estudios posteriores han ido arrojando luz sobre la magnitud del crimen, pero también sobre la necesidad de comprender las circunstancias en que se produjo, en un contexto de guerra total y de fractura social.

La angustiosa carta de uno de los cautivos.

Usera se convirtió en una zona de contacto entre bandos

Eslava, uno de los cronistas locales que ha dedicado años al estudio de estos sucesos, suele recordar en cada aniversario que “la memoria no debe servir para dividir, sino para recordar que la violencia nunca puede justificarse, venga de donde venga”. Su reflexión resume el sentido actual del homenaje: reconocer el sufrimiento de las víctimas sin instrumentalizarlo, y reafirmar el compromiso colectivo con la dignidad humana.

En definitiva, cada 10 de noviembre, el acto en el Túnel de Usera es mucho más que un ejercicio de nostalgia o una ceremonia religiosa. Es un rito de memoria y de responsabilidad. Los rezos, las flores y los silencios que allí se comparten buscan mantener viva la conciencia de un pasado que no debe repetirse. Y cuando el día termina y los asistentes se alejan del lugar, queda la sensación de que, aunque el tiempo haya pasado, la historia de las víctimas del túnel sigue hablando, recordando que la verdad y la compasión son los únicos caminos hacia una paz duradera.

El llamado “Túnel de la Muerte de Usera” es uno de los episodios más crueles de la Guerra Civil española

El llamado “Túnel de la Muerte de Usera” es uno de los episodios más estremecedores y crueles de la Guerra Civil española, un suceso que combina el engaño, la codicia y la violencia en una trama que dejó una profunda huella en la memoria de Madrid. Ocurrió en el otoño de 1937, en pleno conflicto bélico, cuando la ciudad sufría los estragos de un largo asedio. Aquella tragedia, organizada por un pequeño grupo de milicianos y responsables políticos vinculados al Partido Comunista, fue una trampa mortal tendida a decenas de ciudadanos que buscaban escapar del terror y la persecución. Hoy, ochenta y ocho años después, los hechos siguen siendo recordados como un ejemplo del horror al que puede llegar la guerra cuando la humanidad se eclipsa por el odio y la venganza.

Durante los primeros años de la contienda, Madrid era una ciudad desgarrada. Miles de personas, especialmente aquellas identificadas con ideologías de derechas, miembros del clero, aristócratas o simples ciudadanos contrarios al régimen republicano, buscaban refugio donde podían: en casas particulares, en pensiones discretas o, sobre todo, en las embajadas y legaciones extranjeras, que ofrecían una cierta protección bajo el principio de extraterritorialidad. En estos lugares, las familias vivían hacinadas, con miedo constante a las represalias y a los registros, dependiendo de la buena voluntad de diplomáticos y voluntarios que trataban de mantener el orden y garantizarles seguridad.

Mientras tanto, el frente militar se aproximaba a la capital. En noviembre de 1936, las tropas nacionales lograron llegar al barrio de Usera, al sur de la ciudad. Allí, tras semanas de intensos combates, las líneas quedaron estabilizadas: un terreno de trincheras, fortines improvisados y barrios destruidos que se convirtió en un punto de contacto directo entre ambos bandos. En ese escenario tenso, donde el miedo y la propaganda coexistían, surgió el siniestro plan que desembocaría en la masacre del túnel.

El origen de la trama se atribuye al Comisario Político de la 36.ª Brigada Mixta

El origen de la trama se atribuye al Comisario Político de la 36.ª Brigada Mixta, encargado de la defensa de la zona de Usera, y a varios de sus colaboradores, entre ellos Casimiro Durán Muñoz, comandante del PCE, y el capitán Cabrera, quien actuaba como gancho y reclutador. Su propósito, según los informes posteriores, era doble: eliminar a los refugiados considerados “enemigos del pueblo” y, al mismo tiempo, apoderarse de sus bienes —dinero, joyas y objetos de valor— con la excusa de facilitar su paso al otro lado del frente.

El plan era tan ingenioso como perverso. Se hizo circular entre los refugiados la noticia de que existía un túnel secreto en Usera que comunicaba la zona republicana con la nacional, y que algunos milicianos “simpatizantes” con la causa franquista podían ayudarles a atravesarlo. A cambio, los interesados debían pagar una importante suma y llevar consigo joyas u objetos de valor “para demostrar su solvencia ante las autoridades nacionales”.

Las víctimas, confiadas y desesperadas, aceptaban las condiciones. Los supuestos “salvadores” las conducían de noche hasta un pequeño hotelito situado en la calle Alfonso Olivares nº 4, donde, según se les decía, se encontraba la entrada al túnel. Una vez allí, eran despojados de sus pertenencias, encarcelados en los sótanos y sometidos a torturas e interrogatorios. El objetivo era obtener información sobre otros posibles refugiados, direcciones, contraseñas o indicios que permitieran atraer a más personas hacia la trampa. Cuando los captores consideraban que ya no podían obtener nada más de ellos, los prisioneros eran llevados a las tapias cercanas del chalet o a descampados próximos y asesinados sin piedad. Sus cuerpos eran enterrados en fosas comunes excavadas en el propio subsuelo o en las inmediaciones del barrio.

Captación de víctimas, aprovechando su trato con familias que buscaban una salida

Las expediciones mortales se sucedieron durante el mes de octubre y principios de noviembre de 1937. Se sabe que la primera tuvo lugar el 18 de octubre, con un grupo de refugiados procedentes de la embajada de Paraguay; la segunda, el día 22; la tercera, el 26; y la cuarta, el 31 de octubre, la más numerosa de todas, en la que fueron asesinados ocho ingenieros refugiados en la embajada de Noruega. Las víctimas eran atraídas desde distintos puntos de la ciudad: pensiones en la calle Ventura de la Vega, domicilios particulares como el de Doña Dolores España en Núñez de Balboa 15, o incluso bares y tabernas como “La Perla”, en la Glorieta de Atocha.

El novillero José Juan Aguilera, amigo del capitán Cabrera, fue una pieza clave en la captación de víctimas, aprovechando su trato con familias que buscaban una salida. Entre los asesinados se encontraban profesionales de prestigio, ingenieros, arquitectos, religiosos y estudiantes. La denuncia pública del crimen se produjo gracias al general Queipo de Llano, quien el 13 de noviembre de 1937 lo mencionó en una de sus emisiones de Radio Nacional, tras recibir informes de familiares que no encontraban rastro de sus seres queridos en zona nacional, pese a haber pagado por su supuesta fuga.

Tras el fin de la guerra, en 1939, los doctores Piga y Aznar, de la Escuela de Medicina Legal, dirigieron la exhumación de los restos hallados en las fosas del lugar. Se identificaron 67 cuerpos, aunque se calcula que las víctimas pudieron superar el centenar. En memoria de ellas, se construyó el colegio Nuestra Señora de la Providencia, regido por las Hermanas Teatinas, sobre el mismo terreno donde ocurrieron los hechos. En los sótanos del edificio se habilitó una cripta para conservar los restos de las víctimas, convertida hoy en lugar de oración y recuerdo.

El Túnel de la Muerte de Usera no fue sólo un crimen de guerra

Entre los asesinados había varios antiguos alumnos del Colegio del Pilar, lo que dio especial relevancia al caso en los círculos educativos y religiosos de la época. Los hermanos Jaime y Francisco de Cárcer y Ruano, ambos jóvenes ingenieros, fueron ejecutados el 29 de octubre de 1937. También cayó Manuel García de la Mata Pérez, ingeniero y ex guardameta del Atlético de Madrid, asesinado entre el 30 de octubre y el 9 de noviembre. Otros nombres recordados son José Garnica y Zapatero, José González-Quevedo Monfort y su hermano Manuel, Antonio Robles Rodríguez, arquitecto, Luis San Gil Coronel, marqués de Peramán, y los hermanos Estanislao y Santiago Urquijo Landecho, hijos del marqués de Urquijo, todos ellos hombres de formación y convicciones religiosas profundas.

Hoy, los actos conmemorativos en Usera —como la misa anual celebrada en el colegio de la Divina Providencia y el responso posterior en la cripta— son momentos de recogimiento y respeto. El lugar se ha convertido en un símbolo de memoria y reconciliación, donde se recuerda no sólo el sufrimiento de las víctimas, sino también el valor de quienes, pese a todo, mantuvieron su fe y su dignidad frente al terror.

El Túnel de la Muerte de Usera no fue sólo un crimen de guerra, sino también una metáfora del engaño y la desesperación que caracterizaron aquellos años. Las falsas promesas de salvación, el abuso de la confianza y la traición sistemática muestran hasta qué punto la violencia ideológica puede destruir los fundamentos mismos de la humanidad. Recordar aquellos hechos no es reabrir heridas, sino preservar la verdad histórica para que el horror no vuelva a repetirse.

A casi nueve décadas de distancia, el eco de aquel túnel sigue resonando bajo las calles de Usera. No queda ya el hotelito ni las tapias donde se cometieron los asesinatos, pero la cripta permanece como un testimonio silencioso de lo que sucedió. Cada año, cuando los nombres de las víctimas son leídos en voz alta, las flores depositadas sobre las lápidas y el sonido del responso recuerdan que el olvido sería la última injusticia. El túnel, convertido hoy en santuario, habla de un pasado doloroso pero necesario: un recordatorio de que incluso en los tiempos más oscuros, la memoria y la compasión deben prevalecer sobre el odio.

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