lunes, marzo 31, 2025
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No es suicidio por bullying: es asesinato inducido

Piden la “expulsión definitiva” de los cuatro agresores del alumno con parálisis cerebral en un instituto de Santander: lo postrer, antier no más. Bla, bla, bla, la inane y fútil cháchara de siempre. Inocua e inicua, inicua por impune. Dolor impune. Maldad impune, pues. Como siempre. Y dedico estas líneas a Jokin, Cristina, Mónica, Carla, Sara, Alan, Arancha, Alejandro, Diego, Ilan, Laura, Hugo, Óscar, Lucía, Alana, Andrés, Kira y tantos otros. Y un recuerdo a sus padres, víctimas rotas de un dolor y una maldad impunes. Y que otros padres no tengan que pasar ni remotamente por donde han pasado ellos.

Un día nos enteremos de quién era Jokin Ceberio

Y el “eso son cosas de niños” para amparar a matones y mafiosos y mierdecillas. Y el mecanismo del chivo expiatorio para «justificar» a hijos de puta de todo signo y condición: perpetradores y espectadores (el resto de compañeros, profesores, padres y el resto de la sociedad, incluidos los mass mierda que se «debaten» estérilmente entre el efecto Werther – inspirándose en la novela de Goethe, y acuñado por el sociólogo David Phillips en 1974, concluyó que el número de suicidios en USA aumentaba al mes siguiente de que el diario New York Times publicara en portada alguna noticia sobre suicidio y el efecto Papageno – toma su nombre del simpático personaje homónimo de La Flauta Mágica de Mozart, que fue disuadido de suicidarse después de que tres niños le mostraran las otras alternativas que le ofrecía la vida). Crueldad, terror, dolor, sufrimiento, miedo, pánico, espanto: todo admitido, todo permitido, todos – en alícuota parte – mirando hacia otro lado. Todos o casi todos participando en un linchamiento de infinita sevicia.

Efluvios ancestrales, telúricos, atávicos, en el acoso escolar se revela lo peor de la condición humana: los «normales» (psicópatas narcisistas disfrazados de “populares”, machos y hembras alfa) destrozando – física, psicológica y moralmente – la vida a los «anormales». Golpes, insultos, vejaciones, un minúsculo, muy minúsculo suponer. 

Poniendo en marcha los mecanismos psicológicos típicos de un mierdecilla envidioso y mediocre, exorcizando su miedo y su fracaso mediante la humillación ajena y el sufrimiento extremo, utilizando para ello el dolor más lacerante contra otro compañero como si fuese un banal juego. Online y offline (más anonimato e impunidad, si cabe, para las ratas cobardes).

Y llega el punto de no retorno

El pavor se posesiona del chaval puteado. En la mente de un adolescente el futuro apenas no existe, solo se vive en presente. Y se habita un presente singularmente aterrador, un calvario de imposible inteligibilidad, sin salida alguna a semejante infierno: solo el suicidio (un asesinato inducido por una sociedad cobarde, mejor expresado) deviene la única y «liberadora» salida del averno.

Suicidios (repito, asesinatos incitados) consumados o intentados, más dolor, más lágrimas y más frases de críos de esas que te rompen el alma en dos (y si no hay suicidio, asesinato provocado pues, el padecimiento inmenso e insoportable condicionará completamente la personalidad mediante el desguace psíquico de por vida). 

Y los repugnantes colegios, mientras y como siempre, mirando hacia otro lado. Los indignos padres (incluyo a madres y abuelos y la familia extensa que sea menester) prefiriendo ignorar o minimizar el maltrato que sus hijos ejercen sobre los hijos de otros. Los siniestros colegas y bros, callados como putas sin proteger y defender al que es vapuleado, culpándolo frente a los que le agreden: brutal inversión entre verdugos y víctima, los hijos de perra, inocentes de toda inocencia, y la víctima deviniendo culpable: «algo habrá hecho». El mundo al revés, obvio.

En fin.

 

Luys Coleto
Prófugo de la existencia
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1 COMENTARIO

  1. Escuelas y prisiones están cortadas con el mismo patrón: pérdida de libertad individual, estructura autoritaria, horas predeterminadas para las diferentes actividades (comer, salir al patio, etc.), uniforme, reglas de conducta, castigos (no necesariamente proporcionados ni coherentes), etc.

    Además, ambas favorecen una mala socialización. En la prisión, el reo conoce a otros delincuentes que le enseñan trucos del «oficio» ilegal del que son especialistas, y se establecen nuevos contactos para la futura vida delincuencial fuera de la cárcel. En la escuela, el niño o joven convive durante más de cuarenta horas a la semana con gente de su edad, en promedio tan inmaduros como él, en lugar de hacerlo con adultos de su familia que le inculquen buenos valores y le ayuden a madurar, más allá de la mera (y muy deficiente) instrucción mezclada con propaganda que se imparte en las escuelas.

    Todo esto delata un sistema coactivo de adiestramiento y deshumanización de la res humana para favorecer su utilidad en la granja y limitar su potencial humano individual, no solo inútil para la productividad de la granja, sino también peligroso para su estabilidad. Dicho sistema crea un medio psicológico que favorece la propagación de la psicopatía. Interactuando con alumnos o presos en tiempos y espacios rígidamente estructurados, docentes y guardias ocupan estratos separados del «inframundo» de alumnos y presos, por lo que no están al tanto de todo lo que se cuece en él ni están incentivados por el sistema para hacerlo. En ese «inframundo» de las instituciones coactivas que son la escuela y la prisión, el psicópata primario (innato), carente de inhibiciones de conciencia y empatía, establece su dominio de terror contra el débil y sirve de ejemplo para que sus seguidores se conviertan en psicópatas secundarios (psicopatía aprendida, por imitación). De esta forma, tanto psicópatas primarios y secundarios, no solo obtienen la aprobación de su grupo, sino que reafirman sus egos sustituyendo la natural oposición al sistema coactivo por la crueldad sin sentido contra el débil. Y en este proceso, lejos de oponerse a él, se convierten en cómplices de ese sistema, un apéndice extraoficial del mismo y su cara más oscura y cruel.

    Tanto el mal como el bien habitan el corazón humano. De los dos, predomina aquel que sea alimentado.

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